on todo lo que se habla de “justicia de mano de hierro” y “hay que usar mano dura con el crimen”, la mayoría de quienes trabajan dentro del sistema penitenciario han cabalmente denunciado esta falacia. Richard Stratton, redactor de la revista Prison Life, escribió: “Si continuamos con una actitud vengativa hacia los criminales (las minorías pobres, los enfermos mentales, los que no tienen nada que perder), la violencia no hará más que empeorar hasta acabar en una guerra sin cuartel entre los acaudalados y los desposeídos”. Expresado de forma más simple, o mejor dicho, yendo más al grano, LRH declaró: “El efecto del castigo en el criminal es el de confirmar ese comportamiento, y ocasiona que insista sobre eso”. Como se revela en este ensayo de 1938 que no se había publicado anteriormente, la preocupación no es nueva y los puntos de vista de Ronald han continuado firmes durante largo tiempo: sea cual fuera nuestra forma de definir una institución penal (un reformatorio o un correccional) estos son los lugares más importantes en donde se moldea al criminal, donde el sello de su “universidad” queda tan profundamente grabado en él, como si se tratara de un graduado de la universidad de Oxford. Al graduarse y sin importar cual sea su especialidad, estará, casi con seguridad, preparado para “demostrar que es digno de la única fraternidad que jamás se interesó en él”.

A lo largo y ancho de esta vasta tierra, donde quiera que uno mire, grandes montones de piedra silenciosa y lóbrega, yacen agazapados como trampas talladas por algún gigante. Pero ninguna trampa ha tenido tantos guardianes y seguramente ninguna trampa ha ocasionado nunca tanta oratoria como la que se clama cada año acerca de las prisiones..

Siendo uno de los vestigios más bárbaros de la sociedad, uno de los comentarios más tristes sobre la masa de la humanidad, la prisión ha estado con nosotros desde el momento en que el primer jefe tribal, en la noche de los tiempos, arrojó a un hombre primitivo indisciplinado a una oscura y húmeda cueva.

Desde ese momento la rutina ha cambiado poco, avivada tal vez en esta época, y eso con la adición de la tortura, pero siempre conocida por algunos elementos esenciales que no cambian.

Todo hombre lleva consigo la idea de una prisión, definiéndola como una celda pequeña, mal iluminada, donde puede prohibírsele a una persona el asociarse con el resto de la sociedad.

Considerando las muchas maneras de lograr el hecho, sin recurrir a esos medios exactos, y considerando también que esta pequeña y oscura celda permanece como algo básico universalmente, es extraño que nadie haya intentado llegar al hecho fundamental.

Ese hecho ha estado siempre con nosotros. Tal vez ese jefe tribal primitivo lo sabía, pero entre su tiempo y el nuestro es dudoso que la cruda verdad haya sido registrada alguna vez.

Y esa verdad es cruda, tal vez, para nuestra calvinista sociedad. Sería muy probable que ofendiera a muchas mentes que prefieren los convencionalismos en lugar de la verdad o el bien de todos.

Pero puede establecerse muy simplemente. Y tal vez por ser tan simple, grandes psiquiatras y criminólogos han preferido no prestarle atención.

El sentenciar a un hombre a prisión es el deseo combinado de la sociedad de que ese hombre sea enviado de vuelta al seno materno del que provino. Es el arrepentimiento de todos de que ese hombre haya nacido jamás.

Y mientras la sociedad siga expresando ese deseo, los tribunales y los funcionarios de la ley continuarán obedeciendo el mando de la multitud y desearán, con formas muy serias y con un aire muy pomposo, ese mismo hecho.

“Por la presente se le condena a...” bien podría traducirse a “Usted nunca debería haber existido en primer lugar”.

En el barbarismo ilustrado de nuestros tiempos, existen algunas personas con la suficiente inteligencia como para darse cuenta de la estúpida falacia que esto supone. La analogía entre una pequeña y oscura celda y el seno materno parece haber eludido la atención que merece. Pero no es uno de esos datos curiosos que a Ripley¹ tanto le gustaban. Es una enorme maraña de hechos que tomaría un siglo desenredar.

Tenemos al criminal, frente al así llamado tribunal de justicia. El es un ser humano con cabeza, brazos y piernas. Él es el “hecho consumado”. No tiene sentido desear que su padre hubiese sido más cuidadoso. No tiene sentido el deplorar el hecho de que la naturaleza le haya dado oxígeno para respirar y comida para alimentarse.

Pero aún así, la sociedad ya no quiere tener nada que ver con él. Obviamente, según las apariencias, sólo hay una cosa por hacer, sólo una cosa plenamente juiciosa. Matarlo y dejar que los ministros de la iglesia se cuestionen vagamente sobre si tuvo o no tuvo un alma jamás. Sin embargo, el crimen no era tan grave. El juez quiere deshacerse de él sólo por un período corto de tiempo, suponiendo con cierto elevado y sin duda maravilloso proceso de razonamiento que algunos años en la celda permitirán que el tipo renazca como una persona completamente distinta. Es de cuestionarse, entonces, por qué los jueces parecen siempre enojados cuando el mismo tipo, cinco años después, se encuentra otra vez frente al tribunal de justicia esperando otro: “La sociedad desea que nunca hubieses nacido”.

Las masas, cuya voluntad el juez ejecuta, se las han ingeniado para permanecer sorprendentemente en la oscuridad, junto con la mayoría de sus psiquiatras, con respecto a una multitud de datos que emanan de este deseo más bien inmoral.

El individuo considera una celda simplemente como un lugar donde el criminal permanecerá incomunicado hasta que finalmente renazca. Raramente se le ocurre a este individuo que de hecho está fomentando la práctica de poner a este criminal dentro de una sociedad de criminales. El hecho de que el propio criminal contacte a muy pocos de sus colegas fuera de los muros de la prisión, nunca parece tener nada que ver con la situación.

No es un pensamiento nuevo, que el criminal se reúne con muchos de su género cuando está en prisión y que aprende de ellos muchas cosas que antes sólo sospechaba vagamente.

Sin embargo, cuando ese hecho se ordena junto con otros, la luz, de repente, comienza a brillar. Muchos hombres, en muchas oficinas, bajo muchos jefes, durante muchos años han estado ocupados compilando estadísticas acerca del crimen. Es dudoso si los resultados tabulados se obtengan con la intención de lograr mayor orden en el mundo. Los números y porcentajes más bien tienen la intención de mostrar al público que hay gente que está, de hecho, tabulando esas cosas y que, por lo tanto, se están consiguiendo y atesorando mucha reflexión, energía y resultado, a cambio de ciertos salarios que han de ser pagados por la tesorería pública.



1. Ripley, Robert: (1893-1949) dibujante y artista norteamericano que creó “Lo creas o no”, una viñeta de prensa muy popular que mostraba hechos estrafalarios y cosas raras de todo tipo.



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