L CONSIDERAR LA CRIMINALIDAD, LRH NOS DICE que estamos considerando, en última instancia, las cuestiones más amplias de lo que es correcto e incorrecto, del bien y del mal. Y cuando, a su vez, consideramos tales cuestiones, estamos tocando el fundamento de toda la filosofía: la ética, la justicia y nuestra supervivencia óptima a lo largo de cada uno de los caminos de la existencia. Con eso en mente, es apropiado que consideremos ahora más a fondo lo que el mismo Ronald aportó a este tema de la ética y la justicia, y lo que muy literalmente mantuvo como el único medio para garantizar “el futuro del conjunto de esta cultura”.

Aunque tanto la ética como la justicia se analizan de forma general en varios ensayos anteriores (y de forma bastante extensa a lo largo de “Excalibur”), su primera exposición práctica de este tema apareció en 1944. Como se podría imaginar, las circunstancias estaban relacionadas con la guerra y el marco era la Universidad de Princeton donde Ronald había asistido a la Escuela de la Armada de Estados Unidos del Gobierno Militar, para prepararse para el mando en territorios ocupados. Aunque las heridas recibidas en combate finalmente le impedirían servir en las fuerzas de ocupación americanas, se consideró con mucho cuidado la mejor forma en la que esas fuerzas debían conducirse con respecto a la ética y la justicia.

En términos generales, se dirigió al tema a lo largo de dos rutas: La primera, el empleo de la justicia militar con un pueblo ocupado sin respetar las tradiciones locales. Y la segunda, la tradición autóctona a la que la justicia de la ocupación debe dirigirse. Para considerar adecuadamente esto último, sin embargo, es necesario retroceder brevemente y considerar los antecedentes y la experiencia que Ronald adquirió en su juventud en esas tierras asiáticas, que su nación estaba a punto de ocupar.

Como se ha mencionado, y como parte de la mayor trayectoria del descubrimiento de Dianética y Scientology, Ronald de hecho pasó gran parte de su adolescencia en Asia, especialmente en China y en las diversas islas del sur del Pacífico, que con el tiempo se arrebatarían del control japonés. A través del curso de estos viajes, pudo observar los procedimientos judiciales tanto japoneses como chinos, pudiendo entonces escribir desde Princeton: “Según mi propia experiencia, nunca he conocido nada igual al poder y crueldad de la justicia china, excepto por el tiránico dictador General Juan Vicente Gómez en Venezuela. La falta patente de derechos de un individuo ante los tribunales de justicia en Chefú, Pekín, Nagasaki u otras ciudades orientales nunca ha dejado de asombrarme”. No mencionado, pero digno de anotarse aquí para dar énfasis, está el hecho de que había presenciado personalmente una ejecución china, que al parecer había ocurrido en las calles de Shanghai y que parecería haber sido una decapitación, en buena medida improvisada, de un infractor político.

Sin embargo, señala con cierta vehemencia que las concepciones asiáticas de justicia, en particular la china, no carecen de liberalismo¹. De hecho, basándose específicamente en el Tao, los chinos podrían presumir de una tradición profundamente ilustrada, en la que se decía que cada ciudadano posee su propio sentido innato de lo correcto y lo incorrecto. De ahí viene la advertencia que Ronald da a los futuros gobernadores militares occidentales: A pesar de toda la infamia de la justicia oriental, con todo su énfasis en el terrible castigo físico, ninguna comisión o tribunal militar de ocupación de Estados Unidos debería imaginar que los métodos y criterios judiciales occidentales son “conceptos especiales, grandiosamente concebidos por plumas occidentales y que funcionan sólo en nuestro hemisferio”. Más bien, “De manera persistente, constante, y por casi tres mil años, sus identidades y similitudes han aparecido en el pensamiento de Oriente”.


¹ “Liberalismo” chino y “conservatismo” chino mejor podrían haber sido llamados “Taoísmo” y “Ju Chin” respectivamente, ya que están destinados a especificar en este sentido lo que llamaríamos “Democracia” occidental y “Fascismo” occidental. - L. Ronald Hubbard



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