i vamos a comprender al criminal del siglo veinte, nos dice L. Ronald Hubbard, entonces tenemos que enfrentarnos finalmente con lo que ha precipitado el crimen del mundo moderno: o sea, la influencia psiquiátrica y psicológica.

Por un lado, el vínculo es tan obvio, como cualquier conexión entre las drogas y el crimen; y cualquier astuto traficante atestiguará el hecho de que mucha de su mercancía había sido inicialmente preparada en laboratorios psiquiátricos. Ese vínculo, sin embargo, a fin de cuentas llega a un nivel mucho más profundo, y en realidad, abarca toda la base ideológica de la teoría psiquiátrica y psicológica.

La premisa es simple, insidiosa y nos ha llegado en buena medida a través de una línea continua desde Darwin, Wundt y Pavlov hasta todas las escuelas modernas de pensamiento psiquiátrico y psicológico: si el ser humano es esencialmente un animal que desciende de un simio erecto asesino, entonces, seguramente todavía debemos llevar dentro de nosotros mismos cierta propensión biológica hacia la violencia. Después de todo, se arguye, ¿cuál es la fuerza más obviamente apremiante que motiva la organización en todas las sociedades?
La respuesta, sin duda, es la guerra. (Mientras que, por lo general, se desecha a la religión, considerándola como un esfuerzo supersticioso para obtener mediante rituales lo que la guerra gana mediante la fuerza, es decir, la dominación social.)

Lo que sigue a partir de esta premisa, son entonces dos escuelas de pensamiento: aquellas que tienden a interpretar todas las formas de comportamiento en términos de un código genético ineludible, del cual se hablará más, posteriormente. Y aquellas que nos ven ligeramente más adaptables, con el comportamiento modificado por medio de partes iguales de experiencia adolescente y presión del medio ambiente. En cualquiera de los casos, sin embargo, la ecuación es bastante sombría: en el análisis final, no somos ni más ni menos que simios asesinos yendo a toda velocidad por el carril de la izquierda. Si ocasionalmente somos decentes, honestos y bondadosos, es simplemente porque hemos sido condicionados así (a riesgo de ser excluidos instantáneamente de la tribu). Pero quienes buscan una vida de significado más elevado, sólo están engañándose a sí mismos. Nuestros más o menos setenta años de supervivencia pueden medirse en realidad, sólo en términos de gratificación sexual, ingestión de calorías y protección contra los miembros de las tribus rivales, es decir, cualquiera que esté más allá de “los del barrio”.

No es necesario decir, se podría argüir teóricamente, que bajo tal paradigma, la criminalidad, no es anormal en absoluto. Más bien, es simplemente otra manera de tratar con el contrato social (en buena medida de la misma manera en que se ha sabido que un chimpacé huraño empieza a exhibir un comportamiento “criminal” cuando la tribu crece más allá de la medida viable). Pero dado que la psiquiatría y la psicología dependen de los fondos públicos del estado y federales, ellos, también, han hecho del crimen un negocio.

Tradicionalmente, el enfoque psiquiátrico-psicológico con respecto al comportamiento criminal tomó dos formas, a menudo en conjunción una con la otra. Sacando una teoría de una bolsa de sorpresas desde el condicionamiento pavloviano hasta el psico-balbuceo freudiano, el psicólogo intentó establecer programas de rehabilitación; mientras el psiquiatra experimentaba con una serie creciente de drogas psicotrópicas. (Como nota triste en la historia, un buen número de presos sirvieron de hecho, sin saberlo, como conejillos de indias de los psiquiatras para los experimentos de esas drogas, al igual que los presos durante los años 30 y 40 sirvieron sin saberlo, como conejillos de indias para experimentos de electrochoques y experimentación psicoquirúrgica. En 1974, sin embargo, después de un estudio que tuvo mucha polémica, y del que posteriormente se descubrió que había sido llevado a cabo de forma totalmente errónea, se determinó que ningún programa importante podría dar pruebas de eficacia en la rehabilitación del criminal. Después de lo cual, el psicólogo se arrastró más o menos cautelosamente, saliendo de las celdas por falta de ingresos, mientras que el psiquiatra comenzó a distribuir drogas con cada vez más abandono.

En la actualidad, y a pesar de que se continúan dando fondos federales para la investigación psiquiátrica en las fuentes genéticas y neuronales del comportamiento criminal -todo lo cual ha quedado, igualmente, en nada- la rehabilitación del criminal es todavía generalmente vista como un sueño imposible. En lugar de eso, al criminal se le droga, de manera rutinaria, para mantenerlo manejable, pero por otro lado se le deja que siga su propio camino, para bien o para mal. Entre tanto, una doctrina psiquiátrico-psicológica que justifica la criminalidad con efectividad, continúa penetrando en la estructura de la sociedad hasta que, como LRH lo expresa sucintamente: “El psiquiatra y el psicólogo han desarrollado cuidadosamente una actitud pública, anárquica e irresponsable hacia el crimen”.

Originalmente publicado en 1969, el artículo de Ronald “Crimen y psiquiatría” explora estos temas más adelante en sus crudos detalles.




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