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O HAY NINGÚN CRIMINAL EN EL MUNDO, NOS DICE L. Ronald Hubbard, cuya vida dentro del crimen no pueda rastrearse hasta el momento en que perdió la autoestima. Y si le preguntáramos al criminal qué significa una pérdida de la autoestima, escucharíamos inevitablemente la frase más lastimera que se pueda imaginar: Un día descubrí que no podía confiar en mí mismo.
La forma en que Ronald llegó a reconocer la importancia de esta declaración y sus mayores implicaciones en lo que concierne a todo lo relacionado con el crimen y el castigo, es una historia bastante amplia. Porque cuando se habla de criminalidad, y de la pérdida de la autoestima, explica, uno está hablando de un ser espiritual que ha traicionado básicamente su propia esencia, que ha roto el único contrato que no debe romper: el contrato consigo mismo.
Como entrada a ese dominio, sin embargo, como palabras preliminares por decirlo así, apunta un incidente al parecer insignificante del verano de 1924. Los detalles son estos: Habiéndose incorporado a los guardabosques del estado de Montana para ayudar a hacer zanjas para prevenir incendios, el Ronald de trece años de aquel entonces, pronto se encontró trabajando con un número de jóvenes que había llegado recientemente de la penitenciaría estatal de Joliet, en Illinois. Por ello, como lo expresa, uno se topaba con todo tipo de complicaciones interesantes, sin embargo, fuera o no sorprendente, la verdadera perversidad era rara. Tampoco encontraba uno, concluyó, una ausencia de integridad, como lo dejó bien claro el convicto que condujo doscientas millas en un vehículo robado para devolverle a Ronald un par de botas prestadas. Pero en cualquier caso, añadió, los que pertenecen a la sociedad criminal tienen extraños modos de hacer transacciones de negocios en la vida.

