N 1972, DESPUÉS DE UNA AUSENCIA DE ALREDEDOR de doce años, Ronald regresó a Estados Unidos para una estancia prolongada en la ciudad de Nueva York. Su misión era sociológica, o dicho de forma más sencilla: volver a familiarizarse con una nación donde residían la mayoría de sus lectores. Con ese fin, se sumergió literalmente en un ámbito urbano en proliferación, y lo que encontró probó ser muy preocupante. Entre las notas de este período, hay varias referencias a lo que describió como “la anulación del poder” del espíritu humano, y un impulso hacia “el olvido” en una ausencia de esperanza. Mientras que en una conversación posterior, habló de una crisis cultural como la que no se había visto desde la Roma del siglo IV. Sin embargo, cuando en un período posterior se le pidió que resumiera sus impresiones de la vida del Manhattan de alrededor de 1972 a 1973, de forma sencilla y evocativa, respondió que sentía como si “estuviera en una isla que había sido destruida por alguna fuerza superior”.

La analogía es pertinente, y aunque las causas se han debatido durante largo tiempo, las estadísticas son indiscutibles: desde 1960 (el año siguiente a la partida de Ronald de Estados Unidos) el crimen -en su mayoría relacionado con las drogas- había aumentado en más de un quinientos por ciento. Durante el mismo período, los porcentajes de divorcio se habían cuadruplicado, los nacimientos ilegítimos se habían incrementado proporcionalmente, mientras que el suicidio de los adolescentes había aumentado en un doscientos por ciento adicional. Además, estaba lo que no se podía mostrar en estadísticas, pero que era finalmente igual de tangible: “Incluso alguien lo había notado y había escrito una canción acerca de ello”, explicó Ronald, “Mi ciudad está muerta”.

Él no sacó conclusiones precipitadas y, de hecho, en una conversación posterior pone esta pregunta en el tapete en dos ocasiones: “A esta cultura, ¿qué diablos le ha sucedido?” (Mientras añade, como si lo dijera para sí mismo, “Algo...”) Sin embargo, sus notas de Nueva York, que comprendían varias páginas de observaciones iniciales, definitivamente parecerían ofrecer una pista. En primer lugar, escribe: “Cuando no existe un código sobre la conducta correcta, la represión puede ser endémica. De esta forma, todo comportamiento puede entonces ser acusado de incorrecto o dudoso, por lo que puede darse el hostigamiento y la incertidumbre en el individuo”. Luego considera de manera significativa que hay un paralelismo entre la disminución de la asistencia a la iglesia y la proliferación de la pornografía, haciendo notar una vez más: “Se busca más el olvido que un más allá”, y de ahí el aumento en el abuso del alcohol y las drogas. Finalmente, y aquí está la hebra que seguiría cierto tiempo después:

“Cuando la religión no tiene influencia en la sociedad o la ha perdido, el estado hereda toda la carga de la moralidad pública. Entonces debe usar el castigo y la policía. Sin embargo, esto no tiene éxito ya que la moralidad, que no es ya inherente en el individuo, no se puede imponer con gran éxito...

“Para ser moral, debe haber más razón y más motivación emocional, que la amenaza de disciplina humana”.

A partir de ahí, continuó trabajando en este problema desde distintos frentes: con el desarrollo de un programa de Scientology para la rehabilitación de las drogas (que finalmente demostró ser el de más éxito del mundo); con el aliento continuo de la tecnología de ética de Scientology para la rehabilitación de las poblaciones criminales; y -notando la correlación entre el analfabetismo y la criminalidad- con la aplicación de las destrezas de aprendizaje de Scientology en el ámbito laico. Pero lo que vio cada vez más como la crisis moral subyacente, es lo que nos hace regresar al mismo problema central de la influencia psiquiátrica y psicológica.

“¿Qué harán los hombres si creen que sólo son barro?” preguntaba LRH desde su casa en el sur de California en 1981. Entonces agrega de manera significativa: “Enseñado a creer que no es más que una bestia, ahora se está convenciendo de que él es la víctima indefensa de sus propias pasiones”. Lo que le había conducido a esta declaración fue en efecto una pista de la investigación tomada en 1976, o al volver a establecerse en Estados Unidos. Y específicamente el punto en cuestión era la proliferación constante a la que Ronald se refería como un nuevo ataque de la teoría “el hombre-del-barro”, pero que se conoce más generalmente o bien como psicología evolutiva o como Neodarwinismo Social.

Sus raíces son siniestras, y de hecho discurren precisamente a través de las teorías de la pureza racial del Tercer Reich y de la eliminación de los inferiores. Mientras que más recientemente, fue el evangelio neodarwiniano el que fomentó comparaciones tan obscenas como la de los porcentajes de homicidios dentro de las comunidades afro-americanas con la violencia en comunidades superpobladas de mandriles. (Y, por supuesto, quién puede olvidar los monstruosos comentarios del sociobiólogo de Harvard, Edward O. Wilson referentes a los paralelos de comportamiento evolutivo entre los humanos y las termitas.) Pero más siniestra todavía, es la creación final de esta psicología evolutiva, esa espada de Damocles que pende como la conclusión incierta de lo que LRH denominó como el “culto al átomo”.

Resumida en una oración, la premisa es esta: si el hombre no es más que una suma de su herencia genética, carente de alma, surgido de la “ciénaga de escoria primigenia”, como los neodarwinistas mismos lo han expresado, entonces todo lo que él siente y hace, igualmente, no es otra cosa que un producto de la genética. Si ama, se debe a que está programado genéticamente para amar para la propagación de la raza.

Si tiene miedo, similarmente sólo está respondiendo a algún código genético innato. Y por muy complejas que, social o políticamente, sean las circunstancias, si mata, de igual manera está actuando sólo por un impulso genético arraigado profundamente. No es necesario decir, que más de una defensa contra una acusación de homicidio se ha presentado bajo el estandarte neodarwinista que efectivamente dice: “todo estaba en los genes”.

Y cuando uno toma todo eso y lo destila hasta la esencia, en lo que Ronald denominó como “el tubo de ensayo sagrado”, el mensaje se convierte en esto: si el hombre es inmoral con demasiada frecuencia, se debe a que básicamente no hay moralidad más allá de la supervivencia según la ley del más fuerte, impuesta con una violencia encarnizada.



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