Sin embargo, en cualquier caso, fue el corazón del mundo académico estadounidense, y específicamente la Universidad George Washington, el que proporcionó la siguiente lección a Ronald. Se matriculó en otoño de 1930, después de haber terminado en un período aproximado de nueve meses, unos estudios de enseñanza secundaria que anteriormente había interrumpido. Oficialmente su área de especialización, por insistencia de su padre, era la ingeniería; aunque, de hecho, ya había optado por una carrera literaria y por entonces estaba, además, profundamente inmerso en la investigación que habría de culminar en Dianética y Cienciología.

[Imagen]       Desde el principio, la Universidad George Washington no le causó ninguna impresión. Se oponía a que los instructores se dirigieran a los estudiantes con un “¡Usted!”, o de un modo más formal, “¡Oiga, usted!”. Se oponía a un verdadero “culto de las matemáticas” dentro de la facultad de ingeniería, y además estaba en contra del énfasis en la forma frente a la funcionalidad. Es más, conforme fue transcurriendo aquel primer semestre y pudo observarlo más de cerca –Ronald se convertiría en seguida en Presidente de la Asociación de Alumnos de Ingeniería–, la perspectiva resultó aún más desoladora. Un “mundo en completa oscuridad”, como lo calificara en una carta posterior; y en otro lugar hablaba de un compañero de clase, que había sido expulsado del recinto “piadoso y santificado”, por haber publicado un artículo en el periódico de la universidad, alegando que las estrellas de fútbol universitario eran profesionales ilegales (lo cual era cierto). Sin embargo, al final, y más relacionado con el tema de la historia mayor, acabó concentrándose en el origen filosófico del problema, o lo que por último describiría como el programa de estudios oculto dentro de las aulas del siglo XX.

      Las cuestiones son complejas y, de hecho, afectan a la forma completa de la educación moderna según la definen los psicólogos educacionales John Dewey y Edward L. Thorndike. A todas luces, su propuesta representaba un avance, y comprendía una visión redentora de la escuela, no simplemente como un lugar de aprendizaje, sino como una institución para la adaptación social... O, como tan rotundamente afirmó el propio Thorndike, “para controlar la naturaleza humana y transformarla en beneficio del bienestar común”. Ocupando un lugar central en la doctrina se encontraba una visión igualmente redentora de la sociedad, como una colonia grandiosamente ordenada en la que cada uno se subordina al conjunto, de acuerdo a sus talentos. Aquellos que creyeran ver paralelismos con el comunismo, o incluso con el nacionalsocialismo, están en lo correcto. En el fondo, las raíces son las mismas, es decir, la psicología alemana y en particular Wilhelm Wundt de la Escuela de Leipzig. Pero en cualquier caso, era una visión constreñida, literalmente una visión del ser humano carente de espíritu, como la suma de sus partes evolutivas. Por lo tanto, como sostenía Dewey, si somos por naturaleza animales sociales, esto se debe simplemente a que nuestros ancestros en la evolución, corrieron de manera natural con la manada. Mientras que, como añadiera Thorndike, si también necesitamos que se nos moldee para alcanzar un estado civilizado, se debe a que no somos en absoluto civilizados por naturaleza... Y ahí estaba el problema, porque repentinamente, y de manera universal, la formación psicológica del niño se considera mucho más importante que la enseñanza de cualquier materia tradicional, ya fuera lectura, escritura o aritmética.

      Hay mucho más acerca de esta creencia, por supuesto, incluyendo la propuesta de Thorndike de que es mejor que no se les dé a los niños elementos educativos formales antes de los seis años, sino que más bien sólo se les eduque según las prioridades psicológicas , lo que a su vez, abrió las puertas incluso a más psico-palabrería , sobre incentivos para el comportamiento, desarrollo sensorio-motor y reconocimiento de símbolos. Sin embargo, en el corazón de todo esto, se encontraba un pequeño modelo intrigante, sacado de la escuela conductista y específicamente de la rama de la escuela de Wundt, desarrollada por Pavlov.
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Estudiantes chamorros de la clase de inglés de Ronald en la escuela de Guam para nativos.

      Aunque nunca adoptara una sola palabra de este modelo, L. Ronald Hubbard proporciona una explicación tan concisa como cualquier otra. Una tarde, siguiendo el rastro de aquella investigación extracurricular que culminaría en Dianética, entró en el departamento de psicología de la Universidad George Washington, por aquel entonces bajo la dirección de un tal Dr. Fred Moss (de mala fama entre los estudiantes por sus preguntas exageradamente capciosas y rebuscadas). Allí Ronald se encontró con la típica camada de ratas blancas de laboratorio, correteando en un laberinto en busca de pedazos de queso. Cuando preguntó al respecto, se le proporcionó esa teoría conductista clásica tan plenamente adoptada por la escuela de Dewey-Thorndike (el propio Dewey fue uno de los primeros que realizaron tales experimentos). Es decir, a pesar de la capacidad intelectual humana, aún se nos puede definir en relación a los organismos vivos inferiores, a partir de los cuales hemos evolucionado. Por lo tanto, del mismo modo que la rata adolescente recorre mejor su laberinto con la combinación apropiada de premios y castigos, así también lo hace el adolescente humano... Excepto que, claro está, en términos humanos el laberinto se convierte en nuestro sistema educativo y los premios son, por lo general, menos evidentes que bolitas de queso.

La Educación de un educador continúa...



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