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No eran patriotas. De vez en cuando, el enemigo los indignaba. Pero si se hubiera hecho una grabación de casi cualquier parloteo informal de algún grupo militar en la Segunda Guerra Mundial en cualquier sala de oficiales o comedor, y se hubiera enviado a casa, los generales probablemente les habrían hecho a todos un consejo de guerra.
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Nosotros mismos hemos sido maltratados seriamente y oprimidos durante dos décadas de acusación en falso a manos de un enemigo tan salpicado en sangre que parece un vampiro más que un hombre. ¿Y qué ha sucedido desde entonces? Los gobiernos leales expatriados de nuestros aliados fueron olvidados. Sus países fueron entregados a manos comunistas o revolucionarias. Nómbralos, son muchos. 750 millones de seres humanos, en un cálculo moderado, fueron pasados dócilmente bajo el yugo comunista. Y mediante un inepto hacer la paz y unas relaciones exteriores incompetentes, desde 1945 ha habido guerras y más guerras.
Las Naciones Unidas dieron con la respuesta. La falta de derechos humanos manchó las manos de los gobiernos y amenazó sus reglas. Muy pocos gobiernos han llevado a efecto parte alguna de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Estos gobiernos no han comprendido que su verdadera supervivencia depende por completo de adoptar tales reformas y, así, darle a sus pueblos una causa, una civilización digna de su apoyo, digna de su patriotismo.
Es vital que todos los hombres pensantes insten a sus gobiernos (por el propio beneficio del gobierno, aunque no sea por otra razón) a hacer reformas de gran alcance en el campo de los derechos humanos.
Los derechos humanos no significan pan y circo. Esa fue la idea romana, y Roma fue reducida a escombros en las guerras civiles, cuyas causas fundamentales fueron los abusos de los derechos bajo la ley.
Las acusaciones falsas. La aprehensión ilegal de personas y la confiscación de propiedades. La tortura y la opresión del individuo y de grupos sociales. Esto fue lo que destruyó al Imperio Romano.
Cosas así ridiculizaron cualquier orgullo de ser romano.
Finalmente, sus tropas ya no volvieron a ganar batallas. No les importaba. Y así cayó el telón sobre la majestuosidad que fue Roma.
Las infames lettres de cachet que concedían, como lo hicieron, el derecho a aprehender a cualquier persona por capricho de cualquier noble y encarcelarla de por vida, llevaron al principal imperio de su época, Francia, a la carreta que finalmente lo llevaría a la guillotina.
La mayoría de los gobiernos continúan viviendo en el mito de su propia tradición. Lo ven en el repertorio de jurisprudencia. Lo enseñan en la escuela. Alardean de ello en la prensa y en discursos patrióticos. Y la experiencia personal dice que esto es una mentira. Un hombre es acusado. Algún saltabanco ha dicho que está demente. ¡Pum!, está en prisión. ¡Zas!, su propiedad es confiscada. Una lluvia de chispas o el rápido movimiento de un cuchillo: lo castran, lo despersonalizan. Y muy pronto está muerto.
Un rumor malicioso en susurros. Un hombre es implicado en un asesinato y no sabe cómo. Es encarcelado en espera de juicio. Su nombre y su reputación están destrozados, su vida arruinada, cualquiera que sea el desenlace.
Incluso en el pequeño asunto de la multa de estacionamiento, está en riesgo. La ponen en el limpiaparabrisas; no la entregan adecuadamente. Esta vuela. Él nunca la ve. Es llevado al tribunal, multado por algo de lo que no sabía nada.
Así, a la larga, las injusticias grandes o pequeñas dan como resultado inseguridad, un sentimiento de que se está siendo atacado o que se puede ser atacado. Se espera que el ciudadano proteja al gobierno. Mira su cheque de la paga hecho trizas por los impuestos; no ve ninguna salida. Decide que no es una proposición de reciprocidad. Así que deja de proteger al gobierno y comienza a atacarlo. Sus ataques pueden ser tan pequeños como simplemente no actuar.
Patriotismo continúa...
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