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     De las constituciones de los estados australianos se hace caso omiso desvergonzadamente en su totalidad, omitiendo así de un plumazo todas las partes de una Constitución por negligencia flagrante. Estas constituciones eran puros ejemplos de meras estratagemas de relaciones públicas sin otro significado.

     A la reciente Constitución griega no sólo le faltan sus partes esenciales, sino que mientras aún revoloteaban en los carteles los papeles del referéndum que la adoptó, el gobierno la violó en su totalidad a pesar de su aceptación por el pueblo. Este es uno de los ejemplos más puros de estratagemas de relaciones públicas de los que haya constancia.

     Cuando un pueblo ha aceptado una Constitución, ha renunciado a los derechos a actuar de otra forma; por lo tanto, se puede achacar un despotismo intencional a una Constitución que deja partes esenciales sin decir o que delega el arreglo de estas a unos pocos privilegiados.

      Por lo general, los cambios en la Constitución se llevan a cabo con vistas a una mayor limitación de la libertad, y normalmente van acompañados de desastre.

     El cambio de 1905 en la Constitución de los Estados Unidos, el cual anuló la cláusula que prohibía el “impuesto individual para el sufragio*”, abrió la puerta a la espantosa pesadilla de un sistema de impuestos sobre la renta que dirige sus propios tribunales y condena a cualquier ciudadano sin tener en cuenta la Declaración de Derechos.

     La infame Acta de Prohibición, que prohibía el licor, comenzó la tendencia del crimen financiado y aceleró la decadencia de un país que ya estaba muriendo debido al cambio del impuesto individual para el voto. Al final, la prohibición se retiró de la Constitución, pero no hasta que el crimen estuvo bien financiado.

     Una Constitución que omite cualquiera de sus cuatro partes esenciales es una invitación a la tiranía, ya que esas partes que faltan serán proporcionadas por legisladores y cambiadas continuamente.

     Una Constitución que no contiene cláusulas para hacer que el individuo público pueda encausar por violaciones de ella a miembros individuales del gobierno, ya sean por elección, nombramiento o empleo, no se merece el esfuerzo de imprimirla, ya que se convertirá en foco de rebelión, pues fomenta la creencia pública de que su gobierno no es su gobierno sino alguna otra cosa.

     Una Constitución es una buena cosa sólo si presta la atención debida y razonable a todo lo anterior. De lo contrario es algo malo y una invitación a una trampa en la que toda la población puede resultar oprimida.

L. Ronald Hubbard

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