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95,000 palabras vendidas
POLICÍACA = 29.65%
320,000 palabras escritas
21,500 palabras vendidas
DE AVENTURAS = 71.7%
30,000 palabras escritas
De este modo, por cada palabra policíaca que escribí, recibí 0,002965 dólares; y por cada palabra de aventura, 0,00717 dólares. Una diferencia considerable. Me quedé perplejo, rascándome la cabeza, hasta que me di cuenta de todo lo que estaba relacionado con las materias primas.
Había recorrido bastante geografía, había estado en ello durante años y, por ende, mis historias de aventuras estaban empezando a traslucir. No hace falta decir que he escrito pocas historias policíacas desde entonces.
Por esta época, de repente apareció otro factor. Parecía que estaba trabajando muy, muy duro y ganando muy, muy poco dinero.
Pero, de acuerdo con la economía, nadie ha encontrado jamás una relación directa entre el valor de un producto y la cantidad de trabajo que implica.
Una editorial sólo había empezado a pagarme a centavo la palabra, y yo había estado escribiendo para sus libros desde hacía tiempo. Yo les consideraba como el pilar principal entre todos los pilares.
Otra editorial me había estado aceptando una novela corta cada mes. Veinte mil palabras de una vez. Pero la mayor parte de mi trabajo fue para la firma anterior.
Sacando las cuentas, comencé a calcular las palabras escritas para este y aquel, obteniendo porcentajes.
Descubrí que la editorial que me compró las novelas cortas tenía un promedio del 88 por ciento. Muy, muy alto.
Y la editorial para la cual escribía la mayoría, estaba comprándome el 37,6 por ciento de todo lo que escribía para ellos.
Debido a que el mercado de la novela corta pagaba un centavo y cuarto, y la otra un centavo, la paga promedio era: Editorial A: 0,011 dólares para novelas cortas por cada palabra que escribí para ellos. Editorial B: 0,00376 dólares por cada palabra que escribí para ellos.
No me calenté la cabeza más tiempo acerca de la Editorial B. Trabajé menos y gané más. Después de eso, trabajé duro en esas novelas cortas y la satisfacción aumentó.
Ese fue un momento crucial. Liberado de ese trabajo tedioso y de una tremenda cantidad y baja calidad, comencé a ganar dinero y a salir trepando a duras penas de una sepultura de palabras.
Todo eso, dices, es terriblemente soso, sórdido hasta la repugnancia. Escribir, dices, es un arte. ¿Qué eres tú?, quieres saber, ¿uno de esos malditos escritorzuelos asalariados?
No, me temo que no. Nadie tiene una satisfacción más intensa al crear un buen trabajo. Nadie se siente más orgulloso de su maestría de lo que yo me siento. Nadie está intentando más intensamente hacer que cada palabra viva y respire.
Pero como dije antes, incluso el trabajador que encuentra su mayor placer en su trabajo, intenta vender servicios o productos al mejor precio que puede obtener.
Y ese precio no es el de la tarifa de las palabras. Ese precio es la satisfacción recibida, medida en dinero.
La Fábrica de Manuscritos continúa...
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