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Si tuvieras un almacén lleno de jabón de fragancia dulce y no fueras capaz de venderlo, ¿qué harías? Contratarías a un hombre que pudiera. Y si tu oficio fuera fabricar jabón, tú solo, no podrías hacer completamente todas tus ventas. Es demasiado pedir. Esto de vender es extremadamente complejo, muy caro. DEPARTAMENTO DE VENTAS
Por lo tanto, en lugar de desperdiciar tu valioso tiempo de manufactura yendo de acá para allá vendiendo tus propios manuscritos, ¿por qué no dejar que otro se ocupe de la venta por ti?
Para vender, hay más cosas que conocer los mercados. El vendedor debería estar en contacto constante con el comprador. Un escritor no puede estar en contacto constante con sus editores. Eso costaría dinero. Comidas, puros y todo lo demás. Un agente se ocupa de todo eso, y el coste se divide entre sus escritores, de manera que ninguno de ellos siente la carga demasiado pesada.
Un agente, si es bueno, vende más que su diez por ciento extra. Y actúa como amortiguador entre tú y el cartero. No hay nada más terrible que el sobre marrón en el buzón. Es probable que eche a perder el día. Es probable que archives la historia y la olvides. Pero el agente tan sólo vuelve a enviar el relato de aventuras, y cuando este regresa a casa, allá va de nuevo, afuera. Se preocupa y no te lo dice hasta que tengas el cheque en la mano.
El agente colaborador y el crítico no tienen cabida aquí. Son consejeros y doctores. Tu departamento de ventas realmente no debería tener otra función más que vender: y quizás, cuando un mercado se pone agrio, enviar algunos comentarios editoriales sin nada añadido por tu agente. Esto lleva a que la moral sea alta, y la moral de un escritor siempre debe estar alta. Cuando comenzamos, asumimos que ya podías escribir.
Por supuesto, consigue un agente; y si lo consigues y no te resulta bueno, deshazte de él y prueba con otro. Hay muchos agentes buenos. Y valen mucho más que el diez por ciento.
PUBLICIDAD
Tu agente es tu departamento de publicidad. Puede contarle al editor cosas que tú, por modestia, no puedes. Puede mantenerte en las mentes de los hombres que importan.
Pero un escritor es su propio anuncio andante. Su reputación depende de su propio quehacer. Sus acciones son más importantes que sus historias. Su fiabilidad se consigue arduamente, y cuando se ha conseguido, a menudo es el factor decisivo en una venta. Los editores deben saber que puedes producir, que eres serio en tu intento de trabajar con ellos.
Para mostrar lo que las acciones pueden lograr, un escritor adquirió recientemente la costumbre de acosar a un editor cuando este salía a almorzar. Dicho escritor se reunía con este editor todos los días, imponiendo su compañía al editor, y luego, cuando estaban comiendo, el escritor sacaba una sinopsis tras otra. El resultado es que el escritor ya no trabaja ahí.
Si se debe un cheque, varios escritores que conozco rondarán la oficina. Esto no logra acelerar el cheque y, a menudo, pone fin al contacto cuando se hace en exceso. Muchos hostigan a sus editores para que tomen decisiones prematuras, convirtiéndose en un fastidio en la oficina. Pronto dejan de vender ahí. Otros siempre tienen un melodrama personal a mano.
Los melodramas personales son tabú en buena medida. Son un golpe bajo. Y los melodramas personales de escritor a escritor son detestables. Un hombre que conozco ha echado a pique su amistad con sus compañeros más cercanos de tiempos pasados simplemente porque no podía guardar sus problemas para sí. Realmente ha dañado sus ventas. Mira, gana más dinero que ninguna otra persona que conozco, y no puede vivir de ello. Vos, los dioses, TODOS nosotros tenemos problemas, pero pocos profesionales los usan para obtener cheques o compasión.
La reputación lo es todo. No hace daño llevar a cabo trabajo extra para un editor. Como las cartas al editor. Ponlo en el apartado de publicidad. Contesta todo el correo. Haz un libro para publicidad. Escribe artículos. Tu nombre es tu marca registrada. Cuanto más se conozca, mejor se venderá.
La Fábrica de Manuscritos continúa...
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