Levantó una ceja y miró maliciosamente, ¿Qué? ¿Hacer todo ese trabajo por centavo y medio la palabra?
Y sólo para que esto quede claro, podría comentar que un día fui por casualidad a la biblioteca pública de Nueva York; al cruzar la sala de archivos me topé con un pesado bulto y di un respingo hacia atrás para descubrir que, por accidente, me había dado un encontronazo con Norvell Page, y él conmigo.
Me quedé boquiabierto. ¡Page!
¡Hubbard!, susurró él en tono de reverencia.
Nos estrechamos la mano con solemnidad.
A CORO: ¡Bueno, esta es la primera vez que he visto a un escritor en una biblioteca!
Estos dos ejemplos deberían servir para ilustrar el hecho de que la investigación no armoniza con el escritor, no importa qué tipo de máquina de escribir aporrees.
La investigación es un hábito que sólo se adquiere a fuerza de voluntad pura. Lo más fácil de hacer es conjeturar los hechos: así piensa el escritor. Pero, de hecho, lo más fácil de hacer es ir a encontrar los hechos, aunque tengas que hacer pedazos una ciudad.
Sé testigo de lo que sucedió el verano pasado.
Ante mis ojos había una pila de relatos de profesiones peligrosas que a partir de entonces aparecieron en Argosy. En ese momento, apenas empezaban, y yo suspiraba al verlas extenderse tan interminablemente.
Elegí Test Pilot como la próxima de la lista, y empecé a esbozar la trama. Creí que sabía de aviación, ya que eso me dijo el Departamento de Comercio. Despreocupadamente, creyendo que esto era fácil, comencé a trabajar en un relato de un nivel técnico muy elevado sin saber lo más mínimo acerca de esa rama de la aviación, al no haber sido jamás piloto de pruebas.
Durante una semana hice bullir mis ideas sobre la trama a fuego lento. Durante otra semana, estuve frito en el fuego abrasador de mi auto-acusación. Dos semanas y nada escrito.
¡Vaya si estaba perdiendo dinero rápidamente!
No había otra opción. Tenía que encontrar algo acerca de pilotos de pruebas.
Al otro lado de la bahía, de donde está mi casa en Seattle, está la planta de Boeing. En la planta de Boeing debería haber pilotos de pruebas. ¡Tenía que ir allí!
Y todo por centavo y medio la palabra.
Y fui. Egdvett, el presidente de la Boeing, estaba tan sorprendido de ver a un verdadero escritor en el lugar, que habló hasta quedar casi ronco.
Mitchell, el ingeniero en jefe, estaba tan atónito de mi ignorancia que me llevó por toda la planta tirando de mí hasta que tuve juanetes del tamaño de tomates.
Suspiré.
¡Todo por centavo y medio la palabra!
Me fui a casa.
La Búsqueda por la Investigación continúa...
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