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Este asunto del suspense es algo difícil de recordar. Conoces tu trama (o al menos deberías) antes de escribirla. Olvidas que el lector no la conoce. Por costumbre, piensas que la trama es suficiente para que te lleve hasta el final. En ocasiones no lo es. Tienes que recurrir a mecánicas no demasiado sutiles.
Por ejemplo, considera esto:
Se deslizó hacia abajo por entre las rocas en dirección al riachuelo, llevando las cantimploras con torpeza bajo su brazo, injuriando en silencio su cabestrillo. Una sombra se cernía sobre él.
¡Franzawi!, gritó el centinela árabe.
Ahí tenemos una situación común, en el Atlas. El héroe tiene que llegar hasta el agua o sus legionarios heridos morirán de sed. Sin embargo, es obvio que es muy, muy soso, a excepción de la tenue cualidad de sorprender al lector.
La sorpresa no es una gran cosa. Esa tendencia a usar un final sorpresivo no corresponde a la parte central del relato. Tu lector sabía que había árabes cerca. Sabía que el héroe iba a correr riesgos; pero eso no es suficiente: no es ni la mitad.
El legionario Smith descendió serpenteando entre las rocas mientras sostenía las cantimploras con fuerza; sus ojos estaban fijos en el brillante punto plateado: el charco de agua que estaba abajo. Una sombra se cernía por el sendero que estaba frente a él. Retrocedió furtivamente a toda velocidad poniéndose a cubierto.
Un centinela árabe se encontraba a la orilla del sendero, apoyado en su largo fusil. Los ojos castaños del hombre miraban hacia arriba, observando un punto más alto del cantil, esperando ver alguna señal de los legionarios sitiados.
Smith comenzó a avanzar de nuevo, moviéndose tan sigilosamente como le era posible, tratando de evitar que las cantimploras traquetearan. Su brazo, sostenido por un cabestrillo, estaba débil. Las cantimploras se estaban resbalando.
Él podía ver la mira del fusil del árabe, y sabía que en el instante que hiciera algún ruido, esta apuntaría hacia él.
El punto plateado en el barranco le atraía seductoramente. No podía regresar con las cantimploras vacías. Tal vez el centinela no lo vería si se escabullía sigilosamente por el otro lado de este peñasco.
Lo intentó. El hombre permaneció mirando fijamente con ferocidad hacia el fortín.
Después de todo, tal vez fuera posible. Ese brillante punto plateado estaba tan cerca, era tan enloquecedor para las lenguas hinchadas.
La mano de Smith fue a dar a una afilada piedra. Levantó la mano de golpe.
Una cantimplora rodó estrepitosamente hacia el sendero.
Durante segundos, nada se movió ni respiró en este abrasador mundo de sol y piedra.
Entonces el vigía se movió, dio un paso por el sendero escrutando las sombras con la mirada, y con sus manos callosas aferradas a la culata del rifle.
Smith se acercó al peñasco, intentando quedar fuera de la vista, tratando de atraer al vigía hacia él para poderlo matar con sigilo.
La cantimplora destelló en la luz.
Un grito ensordecedor hizo retumbar las ardientes colinas.
¡Franzawi! gritó el centinela.
Suspense continúa...
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