Bueno, ahí estaba yo. Stuart estaba relatando la historia, y yo tenía que darle algo que relatar. Así que conté cómo fue que encontró el sombrero.
Era la guerra mundial; la fecha era el 17 de julio de 1918; Stuart era un observador extranjero que trataba de ayudar a Gajda, el general checo, a hacer que Rusia volviera a estar apta para la lucha. Stuart está en un claro.
...y el jinete irrumpió en el claro.
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Por su aspecto era un cosaco. Los casquillos plateados de los cartuchos destellaban al sol, y la piel de su kubanka ondeaba al viento. Su caballo estaba cubierto de sudor y tenía la mirada fija por el gran esfuerzo. El cosaco lanzó una mirada rápida por encima de su hombro e hizo uso del látigo.
Lo que fuera que lo estuviera siguiendo, no irrumpió en el claro. Rugió un disparo de rifle. El cosaco se enderezó repentinamente en la silla como si hubiera sido un resorte comprimido de acero. Su cabeza cayó hacia atrás, sus manos se sacudieron y cayó resbalando de su caballo, rodando al tocar el suelo.
Recuerdo que su kubanka rebotó, saltó y, disparado, fue a parar debajo de un arbusto...
Con debilidad hizo un gesto para que me acercara. Lo incorporé y una sonrisa titilante iluminó su rostro ceniciento. Tenía un bigote pequeño y arrogante con cera en las puntas. La negrura de este resaltaba de manera extraña en contraste con la palidez que se extendía por su rostro.
El... kubanka... Gajda. Eso es todo lo que llegaría a decir jamás. Estaba muerto.
Bien. El kubanka tenía que llegar al general Gajda. Aquí estaba yo, todavía trabajando con el clavo de la herradura del caballo y el mensaje.
El mensaje, la batalla se perdió. El mensaje se refería al kubanka. ¿Pero cómo podía un kubanka llevar un mensaje? ¿Un papel en el sombrero? Eso es demasiado obvio. El héroe aún está en la oscuridad. Pero aquí hay un hombre que acaba de dar su vida por llevar este sombrero a los checos, y el héroe al menos podría seguir adelante con la esperanza de que el general Gajda supiera la respuesta.
Estaba recogiendo el mensaje que sabía que el sombrero debía llevar. Había matado a tres hombres en una lucha con rifles a larga distancia, en un intento por salvar al cosaco. Ahí tienes suspense y peligro. Un hombre blanco completamente solo en las entrañas de Rusia durante una guerra. Obviamente alguien más resultará muerto a causa de este sombrero. El total es ahora cuatro.
Con voz estentórea, juré al viento lacerante. En primer lugar no tenía por qué inmiscuirme en este asunto. Mi deber era regresar a la comandancia principal y decirles que Yekaterinburgo tenía una fuerte vigilancia. Ahora había tomado la antorcha del cosaco. Estos otros habían matado al cosaco. ¿Qué me iba a suceder?
Así que después de todo, mi relato estaba en marcha. El hecho de que mueran hombres a causa de un sombrero parece tan ridículo, que cuando en realidad mueren, es horrible por el contraste; parece vano.
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La Magia Salida de un Sombrero continúa...
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