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     Sin embargo, y a pesar de todas las diferencias inherentes, L. Ronald Hubbard y John W. Campbell pronto publican bajo el lema de una nueva ciencia-ficción. La primera propuesta de L. Ronald Hubbard, y no algo que Campbell habría publicado necesariamente si F. Orlin Tremaine le hubiera dejado sin trabas, se titulaba La dimensión peligrosa. En contraste con el típico escenario de Cambpell entre destellantes puertos espaciales frente a los anillos de Saturno, esa “dimensión peligrosa” tan sorprendente empieza en el despacho absolutamente prosaico del profesor Henry Mudge de la Universidad Yamouth. Tampoco encontramos las usuales hileras de vasos de precipitaciones que hierven a fuego lento, ni los artefactos con parpadeos singulares. Por el contrario, aquí no hay nada más exótico que una “ventisca de papel desperdiciado” y textos esparcidos sacados de las estanterías de metafísica esotérica. Lo que finalmente emerge de ese cúmulo de textos “de hojas inconsistentes” es un relato de exploración intelectual pura, o lo que Tremaine había descrito previamente como “variante del pensamiento”. En este caso, parece que el profesor Mudge ha tropezado con una puerta matemática a una “dimensión negativa” y sólo tiene que pensar en algún lugar distante para transportarse físicamente. Que él no pueda controlar sus pensamientos, finalmente resulta ser su ruina, y así es como esto da lugar al recurrente tema de L. Ronald Hubbard en relación a los fracasos en controlar los adelantos tecnológicos.

[imagen]       Aunque sin duda asombroso, este relato de un profesor que se teletransporta, no era, estrictamente hablando, ciencia-ficción. El propio Ronald describiría la obra como fantasía e inspirada en esencia en una tradición asiática de la proyección astral; es decir, que la ubicación física de una persona se puede alterar con el mero pensamiento. Más apta para Astounding fue la segunda obra de L. Ronald Hubbard, El vagabundo. Con el tema de un pordiosero errabundo dotado de poderes mentales extraordinarios después de una cirugía cerebral experimental, El vagabundo es, finalmente, el relato de un monstruo de Frankestein o de experimentación que se desvía. En relación con eso, el tema incluye de nuevo un fracaso en controlar el avance tecnológico, y discrepa considerablemente con la ecuación de Campbell sobre la ciencia rigurosa como nuestra única salvación. No obstante, con la llegada de las armas atómicas, no serían pocos de entre los círculos de Astounding quienes se reunieran con Ronald en la casa de Robert Heinlen, en Hollywood, para discutir formas de inspirar una carrera espacial pacífica en lugar de una carrera de armas nucleares.

     Sin embargo, es solamente con Apagón final que llegamos a la declaración de L. Ronald Hubbard realizada de forma más completa sobre este asunto de un adelanto tecnológico rumbo al olvido. Publicada por primera vez en abril de 1940, y con el título original de The Unkillables (Los invulnerables), la novela figura constantemente entre las diez mejores obras de la Edad de Oro de la ciencia-ficción, comparada con todo derecho con 1984, de Orwell, y sin duda tan escalofriante como esta. Pero por otra parte, Apagón final probablemente no sea ciencia-ficción como Campbell la concebía. Más bien, el escenario es una Europa justo después de Dunquerke: pero una Europa golpeada de manera tan completa, que finalmente se asemeja nada menos que a un paisaje lunar. Se puede argumentar que la figura central, conocida simplemente como El Teniente, es el personaje mítico más absoluto que jamás haya surgido de las páginas de Astounding:

     “Nació en un refugio antiaéreo... y su primer llanto fue ahogado por la estridencia de las bombas, el estruendo de muros que caían y el crepitar convulsivo de las ametralladoras que barrían el cielo.

     “Se le educó en una zona rural en donde la A era de Antiaéreo y la Z era de Zepelín. Sabía que los bombarderos Vickers Wellington perfeccionados habían volado sin escalas hasta Moscú, pero nadie pensó en hablarle de un hombre que había navegado en una carraca el doble de esa distancia en la dirección opuesta: un tipo llamado Colón.

     “Oficiales destrozados por la guerra le habían enseñado las artes del combate en los mapas en relieve de Rugby. Sargentos renqueantes le habían hecho experto con el rifle y la pistola, con artillería ligera y pesada. Y aunque no podía conjugar un solo verbo en latín, se graduó como si estuviera totalmente educado a los catorce años y fue nombrado oficial el mismo año”.


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La máqoina de escribir “Royal” de L. Ronald Hubbard

La Edad de Oro continúa...


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