La obra en su totalidad es precisamente lo que manifestaron los críticos: “una aventura intergaláctica con las imágenes y el impacto de La guerra de las galaxias y una trama que la distingue como una obra maestra”. También se la calificó con justicia como un gran éxito de fenomenal alcance; recorrió durante todo un año, una tras otra, las listas nacionales de best-sellers y llegó luego a la cabeza de las listas internacionales: un auténtico acontecimiento en la historia editorial. “Nos tomó a todos por sorpresa que L. Ronald Hubbard volviera a escribir”, comentó una persona en una posición privilegiada dentro del mundo editorial, “el equivalente más cercano hubiera sido que los Dodgers volvieran a casa a Brooklyn”. Además, con ventas iniciales de más de dos millones de ejemplares, se escuchaban inevitablemente muchos comentarios sobre el libro en sí como un catalizador cultural. Campo de Batalla: la Tierra ha inspirado una devoción imperecedera entre los aficionados al género, y figura de manera habitual entre los seis relatos más memorables de toda la ciencia-ficción, junto con Dune, de Frank Herbert, y Extraño en una tierra extraña, de Robert Heinlein. La obra se ha convertido además en un elemento básico de estudio en cerca de cuarenta instituciones, incluyendo de manera apropiada a las dos universidades donde el propio LRH impartió conferencias muchos años antes: las Universidades de George Washington y Harvard.

     Finalmente, y de mayor importancia directa aquí, está todo lo que la novela llegó a representar como una obra que de forma legítima estableció una tendencia. La primera obra de ciencia-ficción en más de veinte años que atrajo una corriente general de lectores realmente considerable (la última fue Extraño en una tierra extraña, de Heinlein, ya antes mencionada), a Campo de Batalla: la Tierra se le atribuye legítimamente el haber inspirado un resurgimiento de la ciencia-ficción en su totalidad. Como dato adicional, a menos de cuatro años de la publicación de Campo de Batalla: la Tierra, la ciencia-ficción (que era ante todo lo que alimentaba al editor de libros originales en rústica o especializados), a la que en una época se había descuidado, de pronto fue responsable de un diez por ciento absoluto de todas las ventas de obras de ficción. De ahí las subsiguientes descripciones de Campo de Batalla: la Tierra como un “hito histórico” y “una epopeya de la que se hablará durante los años venideros”.

     El siguiente artículo informal de LRH ha sido aclamado como un auténtico clásico por derecho propio: específicamente, “un ensayo que describe a la ciencia-ficción como ‘el heraldo de la posibilidad’, y a la fantasía como ‘dar por sentado que no hay límite alguno’ ”. A lo que se ha dicho hasta ahora del lugar que ocupa Ronald en ese maravilloso ámbito de lo posible, podríamos añadir otro comentario pertinente: al describirse a sí mismo como tímido en un principio y, de hecho, “bastante ignorante” en ese terreno de la ciencia-ficción, Ronald se refiere a otro punto significativo más de la historia de la ciencia-ficción. Lo que en un principio alimentó ese campo no fue, como se arguye con tanta frecuencia, una visión de John Campbell de nuevos y magníficos prodigios tecnológicos que surgieran de la pluma de un grupo de tecno-autores del Instituto Tecnológico de Massachusetts y del Tecnológico de California. No, lo que alimentó a la ciencia-ficción fueron los mismos elementos que alimentan a toda gran obra de ficción: es decir, todo lo que hasta ahora hemos examinado a lo largo de “este oficio de escribir”.



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